J. Brahms, Canto del destino & Un Réquiem alemán
La muerte ha sido siempre —y así seguirá siendo— uno de los grandes temas del arte en general y de la música en particular. Mientras los seres humanos sigamos siendo humanos, continuará preocupándonos el dolor que nos deja ese vacío definitivo y, cuando lo tangible ya no nos baste, buscaremos un consuelo que nos abrace en lo inefable. Reflexionaremos incansablemente sobre ello cuando nos toque de cerca y nos sintamos indefensos: cuando alcance a las personas que amamos o cuando sintamos que se acerca a nosotros de manera innegociable. Esto es así para todos, y también lo fue para Johannes Brahms, que comenzó a componer Un Réquiem alemán tras la muerte de su amigo y protector Robert Schumann y lo terminó en 1868, después de la muerte de su madre.
La gestación de esta partitura, por tanto, había comenzado siete años antes; Brahms la abandonó de manera intermitente y finalmente la retomó para erigirla como una de las obras para difuntos más singulares de nuestra tradición. Y es que, aunque el título parece indicar que se trata de una misa, la selección de textos realizada por el autor responde más bien a una cuestión espiritual que traspasa los límites de la liturgia. Profundo conocedor de la Biblia luterana, escoge versículos apócrifos, del Antiguo y del Nuevo Testamento, en su traducción alemana, que le permiten dotar a la obra de un sentido filosófico, enfatizando la esperanza en la resurrección, evitando toda referencia al cristianismo y omitiendo el temor al día del Juicio Final.
Dividida en siete partes, las primeras presentan un carácter sombrío y dramático, correspondiente al sufrimiento terrenal; la central constituye el núcleo emotivo, sereno y de gran belleza, con una melodía mecida que se alterna con fragmentos contrapuntísticos más complejos; le sigue un solo de soprano —escrito posteriormente, como homenaje explícito a su madre—, otro de barítono que se entrelaza con una fuga coral, y la obra concluye recuperando material del inicio para otorgarle un sentido de cierre. Encontramos momentos contrastantes, de luz y oscuridad, más triunfantes cuando hacen referencia a la resurrección, más inquietantes cuando plantean la duda, y llenos de energía y esperanza cuando responden con fe.
El estreno de la versión definitiva fue todo un éxito y este particular Réquiem —que también podría haberse titulado «Un Réquiem humano», según el propio Brahms— se convirtió en un importante motor de reconocimiento internacional para el compositor. Así, a pesar de recibir algunas críticas por tratarse de una creación más humanista que cristiana, ha llegado hasta nuestros días como uno de los pilares del canon concertístico; una obra que remite al legado de sus predecesores desde un estilo propio y un lenguaje inconfundible. Con coro, solistas y la orquestación más amplia que había escrito hasta entonces, representa un punto de inflexión en su carrera que lo encaminaría hacia una etapa de mayor madurez.
En el presente programa, el maestro Savall propone acompañar esta obra imprescindible con la denominada a menudo «pequeño Réquiem»; una cantata delicada y profundamente reflexiva que Brahms comenzó a escribir ese mismo año, 1868, sobre versos de Hölderlin, procedentes de un poema homónimo publicado dentro de la novela inacabada Hiperión o el eremita en Grecia. Schicksalslied (Canto del destino) contrapone la alegría celestial de los dioses y el sufrimiento de la condición humana; la paz y serenidad del Olimpo y la inquietud de lo mundano y efímero. La atmósfera flotante, cálida y agradable del inicio —un Adagio placentero que nos habla de un descanso eterno— se ve truncada por un Allegro combativo, atormentado, incluso violento, que nos arraiga a una mortalidad terrenal; este descenso descontrolado desemboca, sin embargo, en un terreno conciliador, un postludio que, de manera semejante al primer movimiento —aunque en tonalidad de do mayor—, vuelve a mostrarnos esa «luz» que nos «acaricia suavemente».
La solemnidad de esta obra de gran belleza nos invita a la escucha paciente y a la introspección; la obstinación de los timbales y la tensión de algunas frases parecen querer dilatar el tiempo: un tiempo, sin embargo, inexorable, que seguirá avanzando sin concesiones mientras los seres humanos sigamos siendo humanos.
A este espíritu de búsqueda de la verdad sonora se suma hoy el proyecto YOCPA (Young Orchestra and Choir Professional Academy), liderado por el maestro Jordi Savall. Esta iniciativa nace con el propósito de transmitir su legado a las nuevas generaciones mediante un modelo de academia singular: la formación se basa en la convivencia entre un 50 % de músicos de la máxima confianza del maestro, que lo han acompañado a lo largo de su trayectoria, y un 50 % de jóvenes talentos seleccionados por la academia.
Al abordar Un Réquiem alemán desde este prisma de aprendizaje compartido y de interpretación con criterios históricos, Savall y su academia buscan recuperar los colores y las texturas originales de la época de Brahms, devolviendo a la obra una transparencia y una humanidad que conectan directamente con la espiritualidad laica que imaginó el compositor.
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